Quienes auguraban la muerte del rock no se vieron venir la ola de bandas post-pandémicas que dieron un salto a la fama en tiempo récord. Bandas y público integrado por gente muy joven se erigieron como un punto de encuentro para una generación que pasó el cruce de la adolescencia a la adultez en pleno encierro. El denominado “under”, como siempre se llamó al circuito cultural independiente, parece una panacea para cualquier fanático de la música alternativa. Ciclos autogestivos, festivales organizados por pibitxs, un nuevo periodismo musical y sellos discográficos nuevos inundaron la escena. Para muchxs es como una luz al final del túnel. Incluso hubo colaboraciones entre nuevos artistas y bandas históricas, como Massacre, Loquero, Las Ligas Menores, Eterna Inocencia, Nina Suárez y Él Mató a un Policía Motorizado. Sin embargo, cabe tomar distancia del fenómeno y preguntarse: ¿qué tan nuevo es el under? O, yendo más al hueso: ¿ qué tan under es el under ?

El circuito underground contemporáneo se nombra como huérfano, sin herencia, como si naciera de sí mismo. Ante una escena de la década del 2010 donde primó un indie rock, que se manifestó excesivamente suave para muchos, desde Conociendo Rusia a Bandalos Chinos, la emergencia de una movida de música ruidosa, recuperando sonidos propios del rock alternativo -por usarlo como un término paraguas- del siglo pasado, tales como el binomio post/proto-punk, el new wave, el shoegaze, el dream pop y el noise rock, fue tentadora para un público que consideraba al antiguo régimen indie como “careta”, “cheto” y “palermitano”. La realidad es que esta premisa se evidencia como falsa desde varios ángulos. Circuitos de música alternativa al indie existieron siempre, es mentira que no había under antes de el que prima ahora. Bastaba con salir de la cueva e ir a una fecha en Melonio, Salón Pueyrredón, Gier y tantos otros espacios donde circulaban sonidos contrarios ética y estéticamente al under hegemónico (¡qué contradicción!). Lo que sí es una novedad es la juventud inusitada de los integrantes de las bandas y el público. Es lógico, entonces, que consideren tan llamativo el fenómeno cultural de la emergencia en tiempo real de una escena. Pero eso no justifica la orfandad autoinducida. Es una forma de desprecio a bandas que llevan más tiempo en el circuito.

Entonces, podría considerarse como rescatable el carácter autogestivo de la escena, el “hacerse desde abajo”, contra el caretaje de las anteriores bandas nepotistas que ya tocaban en Lollapalooza, un representante del antiguo régimen, de la hegemonía cultural. Pero basta con ver el line-up de festivales como el Music Wins, Primavera Sound o el propio Lollapalooza para ver que estas nuevas bandas están plenamente vintegradas al sistema. Además, ¿acaso no hay bandas “under” en los mega-sellos Art Pop y Sony? ¿No es sospechoso que Vorterix, IndieHoy o el Konex estén en el medio? ¿De dónde salió el sello Casa del Puente, que amalgama a casi todas las bandas más importantes? ¿Y las productoras Indie Folks y Surfer Rosas? ¿Qué clase de under tiene su propia playlist oficial en Spotify? ¿Por qué todas las revistas, sitios y fanzines dedicadas al under son tan lamebotas?

Esto no es una queja al estilo “¡Guacala! ¿Te gusta Mujer Cebra? ¿Sabías que no escriben sus canciones? ¡Ni tocan sus instrumentos!”. Es tan solo una actitud de sospecha de alguien que ama tanto la escena musical como el rock alternativo, que va a fechas todos los fines de semana y que le alegra ver pibitxs de 18 años que saben más de música que una, aunque no sepan comportarse en un pogo, te suelten en pleno mosh o se fanaticen sobremanera con cualquier artista que aparece. Es lo de menos, todxs estuvimos ahí, es cuestión de aprender. Lo importante es girar la mirada hacia un verdadero under, uno que se reconoce parte de una tradición, presente en las bandas de metal extremo, hardcore punk e incluso una excelente movida math y post-rock, algo verdaderamente novedoso en nuestro país. Un under menos arrogante, porque la arrogancia en el rock está vetusta, propia de una imagen de rockstar que lo único que le importa es cogerse groupies y hacer plata. No se trata de reencarnar a Axl Rose, sino de devolverle el sentido al sufijo “alternativo” que lleva nuestro género. Por eso, como canta Eterna Inocencia, bastión de la práctica autogestiva desde hace 35 años, en su canción Hazlo tú mismo: “Yo estoy seguro de lo que no quiero ser. Dejá que el rock lo flasheen otros.” Así se construye una verdadera contracultura.

Publicado originalmente en Helecho Social Nº 07. Páginas del PDF: 11, 12.