¡Oh, vacaciones sagradas sean! tomar una birra de merienda, leer lo que quiera cuando quiera, ver mucho a mis amixes, hacer infinitos plancitos hasta derrumbarme.
Cuando dejé la materia de verano en la que me anoté, empecé a apreciar lo magno del pancheo pesado: no hacer nada o hacer de todo, pero que la brújula realmente sea el deseo.
Estuve contemplativa y encantada, sobre lo mucho que me gusta estar con mis amixes y JUGAR, decir delirios que solo nosotrxs entendemos, compartir la complicidad de lo inentendible. Jugar en su forma más primitiva: jugar juegos, jugar con palabras, jugar con miradas, jugar al chisme, jugar hasta estallarnos. Y ahí cualquier escenario se vuelve precioso; la fiesta, el atardecer, el bar, la plaza, de la nada se erigen como fantasías dignas de un cuento precioso.
Siempre que estoy así de contenta, rodeada de mis cómplices de juego, me invade un estado particular, un desborde de emoción que no podría explicar, pero que se parece mucho a la magia. Es como si, en ese instante, estuviéramos invocando un ritual cargado de sentido, donde lo privado de cada unx deja de ser exclusivo y se vuelve algo compartido. Y es que con mis amixes, cuando nos vemos lo individual se vuelve colectivo. Nosotrxs, que compartimos nuestras oscuridades y nos reímos de nuestros traumas, que le faltamos el respeto a lo respetable para seguir riendo hasta cansarnos, no paramos de profanar.
Y ahí quizá resida la magia que nos envuelve cuando nos vemos. Agarramos lo divino y lo oculto, y lo mancillamos, no para destruirlo, sino para devolverlo al mundo de lo común, para que nos pertenezca. Agamben dice que profanar es arrancar algo del circuito de lo sagrado y restituirlo al uso humano. Nosotrxs hacemos eso todo el tiempo, desarmamos lo intocable y lo volvemos nuestro. Reímos, jugamos, compartimos. Habitamos la magia porque la profanamos.
Y en ese gesto de profanar, de volver lo sagrado parte de la vida cotidiana, hacemos nuestro lo que parecía ajeno, nos apropiarnos de lo inaccesible y lo hacemos parte de nuestro mundo. Tenemos el poder de vivir la magia y producirla.
Así, jugar, reír y compartir no son solo actos de ocio, sino pequeñísimos actos de resistencia donde lo sagrado comienza a ser una lugar de hábitat y construcción colectiva. De esta manera, la magia no es solo un truco, o un misterio, sino un espacio que creamos juntxs, donde lo imposible se vuelve real por el simple hecho de que lo compartimos.
Publicado originalmente en Helecho Social Nº 05. Páginas del PDF: 7.