“Pogo, mosh y slam” cantó Ricky Espinosa alguna vez hacia su público antes de su trágica muerte por caer de una ventana luego de una partida de Winning Eleven y unas cuántas cervezas encima. Lo que el cantante de la mítica banda punk Flema no sabía (o tal vez sí, dada su inagotable sabiduría callejera) era que esas palabras estaban enunciado tres formas distintas en las que se manifiesta una muestra de la sociedad sin clases bajo un modo de producción capitalista, un vislumbramiento de lo que significaría vivir la abolición absoluta de las cadenas del proletariado y la emancipación del género humano.
El pogo es un tipo de baile que se da durante las presentaciones en vivo de artistas musicales, siendo su forma más común la de “ moverse frenéticamente en los momentos en los cuales la música es más agresiva, haciendo gestos con el cuerpo, dando patadas al aire, o empujando a los que se tienen cerca ” según la RAC (Real Academia Capusotteana). Como un partido de fútbol o una misa, el pogo es una experiencia ritualística donde las personas tienden a desindividualizarse y generar lazos de solidaridad colectivos. Pero lo que diferencia a este ritual sagrado de otros es una cualidad inherente que lo define y, a la vez, lo vuelve único: la violencia encapsulada en el goce. Como situación de aglutinamiento alrededor de un arte tan eminentemente emocional como la música, el pogo genera una situación de liberación de la violencia, una suerte de hedonismo irracional que, a primera vista, puede parecer salvaje e incivilizado, contrario a los valores de la ilustración y el progreso, pero que, sin embargo, reúne todos los aspectos más elevados de la experiencia humana que Marx ligaría a la vida posible bajo una sociedad sin clases. La violencia del pogo es enteramente productiva, no en un sentido productivista y económico, sino como término contrario a lo destructivo: la violencia del pogo genera lazo social.
Podría cuestionarse cómo un grupo de pankis o metaleros chivados y bañados en Brahma podrían generar interdependencia y solidaridad entre las personas, pero la respuesta está a la vista. Al estar contenida en el goce, la violencia encuentra un límite natural en el goce ajeno, no como una idea burda de individualidad sino, al contrario, como aporte general al goce colectivo. Apenas basta un signo de asfixia para que cuatro gordos metaleros te agarren del cogote y te saquen del pogo para que puedas respirar, un mero gesto con las manos para que una ronda se arme alrededor de aquel que necesita atarse los cordones, un manotazo para levantar a un soldado caído y una mirada cómplice para que te hagan piecito y poder surfear la marea de gente para llegar al escenario. Esta cooperación tácita se da por un reconocimiento dialéctico del propio ser en el otro: yo soy, gozo, en la medida en la que el otro sea, goce.
A diferencia de las masas proletarias, quienes deben organizarse bajo la conducción de un partido revolucionario que se coloque a la cabeza de la sociedad para llevarla a la victoria (o sea, a una sociedad sin clases), el pogo escapa de una racionalidad tal que permite organizarlo. El pogo emerge, se desata, se manifiesta. Para que exista un pogo ni siquiera hace falta que esté sonando la música, solo es necesario su sujeto revolucionario, que no es el trabajador, sino el borracho. Ni siquiera hacen falta dos borrachos para que se forme un pogo, con uno es suficiente. Y siempre hay un borracho en un recital de punk o metal, lo que eleva a estos géneros por encima de cualquier otro, no por sus letras, su complejidad o por los termos que niegan la importancia social del reggaetón (analizada en “Sobre ser perrita; Helecho Social 01”), sino por engendrar en las entrañas de sus actuaciones en vivo la chispa del fervor revolucionario, por sembrar la semilla de la emancipación de las masas oprimidas; son los géneros del género humano en su conjunto. Por eso es tan común llorar durante un pogo, o por eso los argentinos nos enorgullecemos de tener el pogo más grande del mundo, porque significa ser parte, apenas durante los minutos que dure una canción, de la fuerza que puede tumbar el modo de producción que rige la sociedad actual.
Cabe aclarar que no todo recital ni todo pogo cuentan con esta potencialidad revolucionaria de disolución de las clases. Hace falta una determinada acumulación de capital simbólico para posicionarse en el espacio social poguil de una forma en la que se permita esta cooperación mutua. Quienes carezcan del capital simbólico necesario, es decir, de los códigos de conducta propios del campo del pogo, y también carezcan de glóbulos blancos y niveles sanos de hierro en sangre dejarán caer a sus compañeros durante el mosh, pisarán al que está en el piso, empujarán ferozmente a quienes tienen al lado para llegar a la valla e ignorarán al que se agacha a atarse los cordones. Entonces, el pogo como potencial disolvente de las clases sociales no está dado por la existencia de un pogo en sí, sino que es necesario un pogo para sí, uno consciente de su ubicación material e histórica como sujeto del cambio social.
Hay una frase del cineasta Robert Bresson que reza: “No corras tras la poesía, ella sola penetra por las junturas” . Estas junturas a las que alude el director francés bien pueden ser el montaje entre dos imágenes, el vacío entre dos palabras o el espacio entre dos cuerpos sudorosos durante un recital. El pogo es una forma poética de habitar en el mundo porque va en contra de la racionalidad técnica de la modernidad, de las actividades grises y cotidianas que llenan de mérito al ser humano pero no le dan una morada en esta tierra, como sí lo hace el lenguaje. Y el pogo es un lenguaje, una especie de esperanto revolucionario, un lenguaje común de liberación y goce que apuesta por mejorar la experiencia de la vida humana, que borra las fronteras materiales y simbólicas de quienes participan en él y tiene la capacidad de generar un reconocimiento propio en el otro, al abrazarse, cantar y cagarse a palos en conjunto, siempre con la perspectiva del bien común como horizonte. El pogo es una experiencia eminentemente existencial y revolucionaria. Y, como dice Heidegger: “Lleno de birra, pero poéticamente, habita el ser humano el pogo”.
Publicado originalmente en Helecho Social Nº 02. Páginas del PDF: 16, 15.
